Martín Caparrós sobre el Día del Periodista


¿Día de lo qué?

Celebramos. Hoy es 7 de junio y dicen, entonces, que en la Argentina es el día del Periodista –y ponen periodista con mayúscula. Me encanta que sigamos teniendo días para cada cosa: una supervivencia de tiempos medievales y cristianos en que el calendario venía ritmado por distintos santos que representaban cada cual su asunto. Medievales y cristianos, entonces, hoy nos celebramos. ¿A santo de qué?

A cada cual le toca el santo que se merece. Se sabe que nosotros periodistas nos celebramos hoy porque el 7 de junio de 1810 apareció el primer número de la Gazeta de Buenos Ayres: nos ponemos, así, bajo la advocación de su primer jefe, el doctor Mariano Moreno. Esa Gazeta era un diarito chiquitín que empezaba con declaraciones de principios: “Una exacta noticia de los procedimientos de la Junta, una continuada comunicación pública de las medidas que acuerde para consolidar la grande obra que ha principiado, una sincera y franca manifestación de los estorbos que se oponen al fin de su instalación y de los medios que adopta para allanarlos, son un deber en el gobierno provisorio que ejerce, y un principio para que el pueblo no resfríe en su confianza, o deba culparse a sí mismo si no auxilia con su energía y avisos a quienes nada pretenden, sino sostener con dignidad los derechos del Rey y de la Patria, que se le han confiado. El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes, y el honor de estos se interesa en que todos conozcan la execración con que miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir los delitos”.

La cita es impecable -y también deja claro que la revolución de Mayo no se presentaba como revolución- y ha sido citada hasta el hartazgo. Lo cual no tendría nada raro si no fuera porque el mismo doctor Moreno escribió, en un texto reservado, que “la doctrina del gobierno debe ser con relación a los papeles públicos muy halagüeña, lisonjera y atractiva, reservando en la parte posible todos aquellos pasos adversos y desastrados, porque aún cuando alguna parte los sepa y comprenda, a lo menos la mayoría no los conozca” y que, para eso, “debe disponerse que la semana en que haya de darse al público alguna noticia adversa, ordenar que el número de Gazetas que hayan de imprimirse sea muy escaso…”.

Va de nuevo: nuestro santo patrón del periodismo, un funcionario oficial, decía que el gobierno debía «reservar» –callar– en su medio de prensa “todos aquellos pasos adversos y desastrados, porque aún cuando alguna parte los sepa y comprenda, a lo menos la mayoría no los conozca”, y que para eso lo mejor era imprimir pocas Gazetas.

Esta cita, que se cita tanto menos, viene del Plan Revolucionario de Operaciones, el texto más debatido de la historia argentina. Perdido durante mucho tiempo, su primer manuscrito conocido apareció en 1896 en el Archivo de Indias de Sevilla cuando Eduardo Madero investigaba viejos papeles para preparar su proyecto de construcción del Puerto Nuevo de Buenos Aires. Y durante décadas se debatió si realmente lo había escrito Mariano Moreno. Ahora quedan muy pocos que lo nieguen. Yo, hace treinta años, me enfrenté a esa duda cuando escribí una novela –Ansay o los infortunios de la gloria– que incluye fragmentos de ese texto. Y, más allá de las sesudas disquisiciones de los historiadores, terminé de convencerme de su autenticidad cuando leí el prólogo al Contrato Social que escribió y firmó Mariano Moreno.

Cuando la Patria naciente se encontró con que tenía una imprenta, la de los Niños Espósitos, al secretario de la Junta se le ocurrió la idea de publicar un periódico –la Gazeta– y libros. El primero, el libro inaugural argentino, fue una edición del Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau. El Contrato era, para Moreno, un “libro inmortal, que ha debido producir a su autor el justo título de legislador de las naciones”. Pero eso no le impidió censurarlo: “Como el autor tuvo la desgracia de delirar en materias religiosas, suprimo el capítulo y principales pasajes donde ha tratado de ellas”, escribió en su prólogo. Eso me convenció: visiblemente, su creencia en el fin que perseguía era suficiente para justificar todos los medios. Por eso, en el segundo número de la Gazeta, Moreno explicaba que la libertad de expresión tenía límites claros: “Los pueblos yacerán en el embrutecimiento más vergonzoso si no se le da una absoluta franquicia y libertad para hablar en todo asunto que no se oponga en modo alguno a las verdades santas de nuestra augusta religión, y a las determinaciones del gobierno, siempre dignas de nuestro mayor respeto”.

El que había escrito eso podía escribir en el Planfamoso: “¿Quién dudará que a las tramas políticas, puestas en ejecución por los grandes talentos, han debido muchas naciones la obtención de su poder y de su libertad? Muy poco instruido estaría en los principios de la política, las reglas de la moral y la teoría de las revoluciones quien ignorase de sus anales las intrigas que secretamente han tocado los gabinetes en iguales casos; y, ¿diremos por esto que han perdido algo de su dignidad, decoro y opinión pública en lo más principal? Nada de eso: los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice”.

Y, enseguida: “El menor pensamiento de un hombre que sea contrario a un nuevo sistema es un delito por la influencia y por el estrago que puede causar con su ejemplo, y su castigo es irremediable. Los cimientos de una nueva república nunca se han cimentado sino con el rigor y el castigo, mezclado con la sangre derramada de todos aquellos miembros que pudieran impedir sus progresos…”, escribió en el Plan de Operaciones, y poco después mandó a fusilar a Liniers y compañía. Y, en esos días, en sus instrucciones a Juan José Castelli: “En la primera victoria que logre dejará que los soldados hagan estragos en los vencidos para infundir el terror en los enemigos…”.

Y, de nuevo en el Plan, sobre cómo presentar las noticias y opiniones: “Estos y otros discursos políticos deben ser el sistema y orden del entable de este negocio, figurándolos en la Gazeta no como publicados por las autoridades, sino como dictados por algunos ciudadanos, por dos razones muy poderosas: la primera, porque conociendo que esta doctrina sea perjudicial, se ponga a cubierto el Gobierno de estas operaciones, echando afuera su responsabilidad, bajo el pie de ser la imprenta libre; la segunda, porque debe labrar más cuando se proclamen unos hechos por personas que suponen los gozan, en quienes no deben suponer engaño alguno, y este ejemplo excitará más los ánimos y los prevendrá con mayor entusiasmo”.

Aquel morenismo incluía todos los truquitos jacobinos. Y se puede discutir si son inevitables cuando se pretende cambiar un sistema político, si hay otras formas, si ese fin justifica esos medios, si esos medios corrompen cualquier fin, pero para eso hay que empezar por aceptar que eso existe y contarlo. La discusión sobre el morenismo es –puede ser– también la discusión sobre las vanguardias de los sesentas y setentas y, más en general, sobre la idea de revolución en la modernidad y sus posibilidades actuales y futuras pero, para eso, hay que empezar por aceptar que eso existe y contarlo. Si no, no hay debate: hay sólo morenismo, la insistencia en lo peor de ese nosotros, la ocultación de la parte de la realidad que no nos gusta. Que parece ser una de las formas en que están construyendo, en estos días, la famosa Memoria. Que parece ser, muchas veces, la forma en que seguimos leyendo la historia –y, por lo tanto, el modo en que seguiremos escribiéndola. Que parece ser, justamente, la forma en que funciona buena parte de la prensa que hoy festeja.

El doctor Moreno pone el doble discurso, la censura, el engañito en nuestro origen, nuestras primeras letras patrias. Lo celebramos, hoy, al celebrarnos. “Los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice” decía, entre otras cosas, nuestro santo patrono. Feliz día, colegas, compañeros.

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