Por Francisco Laiseca
Este ataque de Estados Unidos e Israel a Irán no es una noticia distante. Donald Trump, el principal socio global en el que se apoya el presidente Javier Milei, ya nos avisó que la “gran ola” todavía no llegó, justificando esa gran mentira de «hacer la guerra para hacer la paz». Pero digámoslo clarito: la guerra es siempre el fracaso de la política y, en definitiva, el fracaso de la humanidad.
Sin embargo, esa violencia que hoy sacude los cimientos de Medio Oriente no nos es indiferente. En un mundo globalizado, la violencia se ejerce con total impunidad desde el poder, y ese «derecho del más fuerte» tiene un correlato doméstico, aquí nomás, a la vuelta de la esquina. En la aldea global, lo que se legitima arriba muy pronto se vuelve moda hacia abajo. Incluso entre nuestros vecinos, incluso en nuestros propios hogares. Porque mientras afuera a lo lejos vuelan misiles, hacia adentro algunas instituciones se transforman en aguantaderos de la desvergüenza.
Miremos también a España: un escándalo escabroso sacude a la Policía Nacional porque uno de sus máximos jefes operativos, José Ángel González, fue denunciado por violación por una subordinada. ¿Y cuál fue la respuesta del poder? Antes del juicio, filtraron la identidad de la víctima para que la jauría digital la destrozara, mientras el sistema protegía al agresor ofreciéndole incluso ascensos a los encubridores.
¿Y por casa?
En Salta la receta es la misma, pero con tonada local. Lo que ocurre en el Concejo Deliberante con el edil de La Libertad Avanza, Pablo Emanuel López, es una paradoja de la impunidad. Hablamos de un hombre que ya había sido expulsado por “inhabilidad moral” tras una denuncia de su expareja por extorsión sexual y violencia. Pero la impunidad es así: le permite a algunos cambiarse de partido como quien se cambia de bombacha o calzoncillo. López volvió a jurar —agazapado y con redes sociales cerradas— para ocupar una banca por cuatro años más, ante el silencio cómplice de las instituciones que meses atrás votaron su destitución. Ante la indiferencia de una sociedad que no protesta, que no se entera, que no se escandaliza, que lo mismo le da.
Lo más perverso no es solo su regreso, sino el blindaje político. En un acto de verticalismo ciego, La Libertad Avanza decidió expulsar no al denunciado, sino a la denunciante: Estela Méndez, convencional electa que se atrevió a romper el código de silencio de los hombres que entienden el poder como impunidad. Méndez denunció que su expulsión fue un “capricho” de la senadora Emilia Orozco, quien parece más preocupada por apañar a un imputado que por los valores de libertad que pregona. Hoy, una mujer con restricción de acercamiento vigente se ve obligada a compartir el lugar de trabajo con su presunto agresor porque pareciera que no existen los protocolos de género ni la mínima decencia de garantizarle seguridad.
Aquí es donde debemos volver a la filósofa alemana Hannah Arendt. En su teoría sobre la «banalidad del mal», cuando intentaba explicar porqué había ocurrido lo que ocurrió durante la segunda guerra mundial, Arendt advertía que las atrocidades no solo son obra de monstruos extraordinarios, sino que se sostienen gracias a personas comunes y corrientes que deciden no involucrarse. El mal florece en el silencio de quienes miran para el costado, de quienes se refugian en la trivialidad de sus rutinas o en la búsqueda de «likes» mientras el tejido social se desgarra. La verdadera tragedia ocurre cuando el ciudadano común renuncia a su capacidad de juzgar y se convierte en un eslabón mudo, asumiendo que «no es su problema» o que solo cumple con la narrativa oficial, permitiendo así que lo atroz se vuelva parte del paisaje cotidiano.
No podemos seguir «fingiendo demencia». En lo que va de 2026, Argentina ya cuenta 43 crímenes por violencia de género. Mientras el presidente Milei se dedica a «domar» oponentes con insultos en el Congreso, la realidad nos devuelve la imagen de una sociedad que está perdiendo la capacidad de indignarse ante la crueldad que se ha puesto de moda. Desde este espacio, elegimos la rebeldía de los hechos frente al relato. Si la política no puede garantizar un entorno seguro ni siquiera para sus propias representantes, mal puede prometerle un futuro de libertad a todo un pueblo. Seguiremos con el micrófono encendido, porque los valores éticos, a diferencia de los cargos, no se negocian en ninguna paritaria.




















