Justo cuando todo vuela por los aires


Por Francisco Laiseca 

Solo una cosa me angustia de fin de año. O tal vez dos. Las ausencias en la mesa navideña y la certeza de saber que nos vamos poniendo más viejos. Después de los treinta y algo dicen que arranca el segundo tiempo de la vida. Y yo siento que me pasé gran parte tratando en vano de entenderla; en la ansiedad de querer cambiar algo que nunca termino de comprender qué es. Cuando la incertidumbre abruma, suelo convencerme de que todo lo que necesitamos es apenas cumplir con la programación biológica: trabajar para la reproducción, compartir el fruto con la manada, mojar las patas en algún río, mirar las estrellas, indagar sobre la existencia de Dios, oler la tierra mojada por la lluvia y finalmente descansar. En otro momento hubiese resultado una aspiración mediocre, pero si lo esencial de la experiencia humana se vuelve un privilegio habrá que conservarlo con rebeldía.

Muchos opinan que la inteligencia es un estorbo para la felicidad, pero el verdadero estorbo —cuenta en un cuento Adolfo Bioy Casares— es la imaginación. Los límites de la realidad son insoportables frente al universo de lo posible. La imaginación al poder, reclamaban los revolucionarios del Mayo francés. Qué hubiera sido. Pero a la imaginación la colonizó el mercado, se limitó al deseo material de comprar y vender. Todo al alcance de la mano que sostiene el celular y la billetera virtual. Artefactos en oferta, cuotas de religión, viajes al paraíso, cuerpos griegos, banquetes exóticos, amores de revista, terapias milagrosas, psicología envasada al vacío, amistades de ocasión, sexo placebo o educación express. El scroll infinito. No sé lo que quiero, pero lo quiero ya.

Vivimos en un mundo acelerado en espiral que todo el tiempo está dejando de ser lo que era. Actualización permanente de software. Como ayer que oprimían los mandatos de la tradición, hoy mandan los algoritmos del consumo efímero. En el medio, la lucha por la supervivencia, por no caerse del sistema. Por que si hay que reconocerle algo al capitalismo 4.0 es su capacidad de individualizar la culpa y el fracaso: no es la sociedad la que falla, no se trata de una crisis estructural. El fracaso, en la sociedad descartable, es todo responsabilidad del individuo perezoso o incapaz (o de sus padres). Los ingenieros del caos han logrado hacer del espacio público una fuerza centrípeta que impele a los extremos. Así imposible juntarnos. La categoría de pueblo o nación, que hasta hace un tiempo nos interpelaba, quedó reducida al fútbol cada vez que juega la Selección. 

La muerte, vieja como el tiempo, carece del sentido de la oportunidad. Este año nos dejaron Pepe Mujica y el Papa Francisco. Justo cuando todo vuela por los aires. Nos quedamos un poco más solos. Quizás haya en sus historias alguna inspiración que todavía podamos exprimir. Como hijos que por fin aprehenden las lecciones de sus padres una vez que ya no están. Quizás en la obstinación de honrar la vida hasta el último día haya algo que se pueda contagiar. Como los locos de amor que todavía se casan y traen bebés a este mundo. Como los locos que hacen algo por los demás sin esperar nada a cambio. Como los locos que intentan ser buenas personas pese a que la crueldad se haya puesto de moda. Habrá que inventar algo nuevo o claudicar. Habrá que acostumbrarnos a poner la otra mejilla o echar de una vez por todas a los mercaderes del templo.

Por lo pronto, aprovechando el verano, una estrategia es mantenerse cerca de los afectos y seguir leyendo hasta que aclare, eso siempre alivia y genera nuevas ideas. El escritor argentino Rodrigo Fresán dice que en los libros se puede puede encontrar una espada o un escudo. Construir con paciencia los cimientos. Resistir a lo instantáneo, repeler el narcisismo y emprender textos que trasciendan, que cuestionen, que hagan preguntas, que propongan algún mejor futuro. La literatura nos ha salvado más de una vez, nos ha permitido vivir y comprender otras vidas, empatizar, ponernos en común. Hay cosas en la historia y en el corazón que no se encuentran en las redes sociales. Vamos por ellas, quizás por ahí encontramos algún sendero.

 

*Publicado originalmente en el Anuario 2025 del diario impreso Punto Uno


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