TRIBUNA DESPIERTA


Elecciones líquidas

Por Francisco Laiseca

Y es que, en cierta forma, tanto Daniel Scioli como Sergio Massa y Mauricio Macri tampoco se diferencian demasiado.

Elecciones líquidas

Música emotiva, juego de palabras y empatía social sobreactuada. La fórmula de las propagandas que utilizaron los tres candidatos en campaña con más chances de suceder a Cristina Kirchner es la misma. Y es que, en cierta forma, tanto Daniel Scioli como Sergio Massa y Mauricio Macri tampoco se diferencian demasiado.

Los une una pertenencia de clase (alta), un pasado político transitado en la misma vereda (menemismo) y un mismo futuro –a juzgar por sus propias palabras- en el que “se profundizará lo bueno, y se cambiará/corregirá/derogará lo malo”. Los spots que aparecerán hasta la saturación en la televisión o cada vez que abramos Youtube están orientados a pescar los volátiles votos indecisos que –al parecer- tan cruciales serán en la elección del próximo 25 de octubre. Estamos atravesando un proceso de elecciones líquidas.

El concepto de “lo líquido” fue popularizado en el campo de las ciencias sociales por el sociólogo Zygmunt Bauman, que en la introducción a Modernidad líquida –quizás su obra más conocida- explica: “los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen. Como la desregulación, la flexibilización o la liberalización de los mercados”. Y así fluyen los tres candidatos que reunieron alrededor del 75% de la intención de voto de la ciudadanía argentina en las Primarias de agosto.

Las permanentes variaciones discursivas responden a la flexibilidad con la que se modifican –a partir de eventos cotidianos- los criterios del electorado. Las inundaciones en Buenos Aires, por ejemplo, obligaron a modificar la estrategia de un encumbrado Scioli que estaba en Italia a punto de fotografiarse con el Papa como si fuera, puesto, el próximo presidente de la Argentina. Resultado: debió volver al territorio, recostarse sobre el kirchnerismo y entregarle mayor protagonismo a la liga de gobernadores, entre ellos al reelecto Juan Manuel Urtubey.

En la vereda del frente, el susto que le propinó Martín Lousteau a Horacio Rodríguez Larreta en el balotaje porteño desinfló los globos de “la nueva política” del PRO. Resultado: Macri tuvo que sacarse el traje de jefe liberal y maquillarse de supuesto líder desarrollista.

Cambiemos, de discurso

En solo un par de meses, Macri pasó de repudiar la estatización de Aerolíneas Argentinas e YPF a defenderla como si fuera un dirigente de la vieja FORJA. Pasó de criticar la política de medios del oficialismo a defender al relator Fernando Niembro apenas se supo que cobró –al menos de manera sospechosa- más de una veintena de millones del Estado con una empresa sin empleados. Si las elecciones porteñas fueron una señal de alarma, los magros resultados que el ex presidente de Boca cosechó en el norte argentino ensombrecieron el panorama aún más. Macri siempre subestimó a los radicales. Pensó que la UCR iba a ser –sin mayores exigencias ni reparos- la estructura que le permitiera desembarcar al PRO en la Argentina profunda. Sin embargo, lo único que quedó demostrado es que Ernesto Sanz, el presidente del partido, fue mucho más fácil de convencer que “el pueblo radical”. La prueba está en que, en varios distritos donde los correligionarios poseen una estructura considerable, Macri quedó relegado al tercer puesto detrás de Massa.

Frente Renovador, de la moderación

Massa era uno de los soldados más convencidos en el modelo (tan fiel, acompañó a Néstor Kirchner en la derrota del 2009 a manos de Francisco De Narváez). Luego, hace apenas dos años, pegó el portazo. Se enfrentó al kirchnerismo y se mostró como el paladín de la renovación. Cuando empezó la campaña –parado en el medio de Macri y Scioli- dijo que hay que cambiar pero no tanto, sino forzar “el cambio justo”. En el último tramo proselitista y atento a la volatilidad discursiva del PRO, el ex intendente de Tigre aprovechó para renovar su estrategia. Empezó a endurecer las posiciones que los macristas suavizaron y propone ya no el cambio justo sino un cambio más “radical”, intentando –además- seducir a los correligionarios huérfanos de candidato natural en todo el país. De ahí las vehementes críticas a los militantes de La Cámpora, las acusaciones de debilidad a Scioli y los golpes contra el macrismo a raíz del “niembrogate”.

Frente para la Victoria, como sea

Fiel a su historia, el grueso del peronismo conducido por el kirchnerismo no reparó en las formas sino en el objetivo a la hora de plantear la estrategia electoral: conservar el poder. Así es como el candidato de los “fondos buitre”, según el propio 678 lo expresó reiterados informes, se convirtió en el líder de la sucesión a Cristina. Scioli consiguió hacerse del apoyo del riñón kirchnerista.

Con algunos gestos que hubiese agradecido más no recibir, sumó a Hebe, Milagro Sala y al “Cuervo” Larroque, entre otros íconos del modelo nacional y popular que, hasta hace unos meses, le ataban las manos. Hasta los más progresistas voceros lo rotularon como el custodio de aquello que empezó a construir Néstor desde el 2003. Y ya no importa si la custodia del modelo será a partir de una excelente relación con Clarín, con la Mesa de Enlace, con la Unión Industrial o con la Iglesia. Cristina ya lo había anunciado, a su izquierda está la pared, y como no se puede gobernar con la pared, habrá que buscar socios en el otro lado. La flexibilidad del ex motonauta le permitió ir y volver en varios momentos de la campaña. Moderado y abierto, había confirmado su presencia en lo que iba a ser el primer debate presidencial de la democracia argentina. Luego, fiel a la tradición política, “el que gana no debate”, y decidió echarse para atrás.


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