CRÓNICAS DESPIERTAS


A 70 días de las inundaciones en el norte provincial

Por Redacción Ciudad Despierta

Muchas comunidades no pueden volver todavía a sus casas

A  70 días de las inundaciones en el norte provincial

(Nacionales - LA NACIÓN) Según datos del Ministerio de Asuntos Indígenas de Salta, sobre la ruta 54 hay desplazadas 133 familias de La Curvita; 23 de El Cruce; 14 de Padre Cool; 15 de Golondrina y 2 de Anglicana 2. En Monte Carmelo hay 84 familias con casas destrozadas y 10 que se fueron a otro lugar, cerca. En el monte hay unas 300 familias de aborígenes y criollos con problemas para salir (Pozo La China; San Miguel; El Toro; Pozo El Bravo; Desemboque y La Esperanza). Camino a las sierras, otras 1200 familias están afectadas (Vertiente Chica; Bajo Grande; El Mulato; La Sierra y La Junta); también aisladas, 700 de Misión La Paz y otras 70 de las comunidades criollas Amberes, Puesto Urquiza, Campo Largo y Chañar Alto. En total, son 6000 las personas que siguen afectadas por la inundación.

Lionel recuerda que su papá les avisó de la inundación, que se fueron hasta la escuela y que allí esperaron a que los sacaran. Tuvo miedo, sobre todo porque el agua hacía "mucho ruido". Su familia está entre las de Monte Carmelo que no quieren volver.

 

La pobreza es extrema

Hace 70 días en el Chaco salteño (en el límite de Argentina con Bolivia y Paraguay) el río Pilcomayo alcanzó un pico histórico de 7,26 metros y unas 10.000 personas debieron desplazarse. Sobre la ruta provincial 54, a unos 150 kilómetros de Tartagal, empieza la sucesión de techos de plástico y chapas donde viven quienes no pueden regresar; en el monte todavía quedan varias comunidades aisladas.

Si la vida antes de la noche del 30 de enero -cuando el río se desbordó y se corrió varios kilómetros de su cauce- era precaria, hoy es miserable. Cada varios días el camión municipal de Santa Victoria Este llena con agua potable unos tachos comunitarios; la Provincia llega con alimentos (que no siempre alcanzan) y hay donaciones de particulares.

Los indígenas viven en condiciones precarias

Los indígenas viven en condiciones precarias Fuente: LA NACION - Crédito: Javier Corbalán

Las tierras coloradas que el Pilcomayo cubrió hoy están atravesadas por zanjas profundas y el terreno subió entre 30 y 40 centímetros por el lodo acumulado. Las barrancas naturales del río (que servían de defensas) desaparecieron y las cañadas se ahondaron. Apenas quedaron algunos chanchos y gallinas; la casi totalidad de los animales desaparecieron.

El calor y la humedad pesan y atraen a los mosquitos, arañas y escorpiones. "Agua y luz. Eso es urgente, empezará a oscurecer más temprano y los peligros aumentan. También necesitamos herramientas para hacer nuestras casitas, hay que limpiar la tierra", dice Dixom Ruperto, cacique wichi de El Cruce. Están a 25 kilómetros del que era su lugar, a la vera de la ruta 54. "No vamos a volver; no queremos sufrir lo sufrido. Ya está todo contaminado", agrega Ernesto Alvarez, el segundo cacique.

 

Las madres hacen lo que pueden con sus hijos

En medio de la lluvia, cuando el agua no dejaba de subir, unas 30 familias salieron caminando con lo poco que pudieron cargar. Cuatro regresaron a las casas de material que tenían en su antiguo emplazamiento; el resto irá a rescatar lo que pueda de los materiales y, en especial, el tanque de 8000 litros de fibrocemento donde juntaban el agua. "Era como un sueño, una pesadilla, la lluvia, tener que botar lo poco que teníamos", describe Álvarez.

Sólo hay que cruzar la ruta y están los desplazados de La Curvita, 133 familias (unas 700 personas) de etnias "entreveradas" (wichis, tobas, chorotes, guaraníes y tapietes). Su cacique, Rogelio Segundo, se levantó pasada las 9 de la mañana porque anduvo "serenateando", cuidando las carpas improvisadas. Más tarde irá a su antiguo lugar para hacer lo mismo.

 

El principal problema es la falta de agua potable

En tiempos "normales", las comunidades -son 71 en el municipio de Santa Victoria Este, donde el 80% de los habitantes son pueblos originarios- viven de vender la pesca, reciben planes nacionales y cazan, recolectan frutas y cultivan para su consumo.

 

La precariedad de las viviendas es total

La precariedad de las viviendas es total Fuente: LA NACION - Crédito: Javier Corbalán

IRSE O RECONSTRUIR

Virgilio y su mujer tienen tres chicos; de su rancho de adobe sólo quedaron ocho postes de madera y un techo de adobe desvencijado. Nada más. Hablan poco, sólo para decir que el agua "llegó como tromba" y que salieron sin nada. "Voy a limpiar y hacerla de nuevo". La historia de su vecina, Florentina, es la misma. No le quedó nada. Un pedazo de elástico de cama, unas chapas de lo que fue una cocina.

De las 94 familias de Monte Carmelo, una parte se fue al monte cercano y otra decidió quedarse entre el lodo y las taperas de adobe. Están limpiando las casitas de material cuyas paredes sí resistieron. "Irse es empezar de la nada; acá tenemos electricidad y luz", apunta el cacique Joel Gómez. A su lado está Miriam, que no tiene "nada". Ocho personas viven hacinadas en una pieza. "Nunca vino tan fuerte el agua, fue terrible", repite Elena.

 

Dos chicos mueven un pupitre en su escuela llena de lodo

Están todos sentados frente a la cancha de fútbol donde el agua le llegaba arriba de la cintura de la gente. "Estábamos desesperados, todos en la escuela; el ruido era como de cataratas y el poste del transformador se empezó a inclinar y había chispas. Salimos en lanchas", describe Daniela, de 15 años.

 

Un nene se baña en el río

El agua, por exceso y por falta, marca la vida de estas comunidades. La "normalidad" todavía aparece lejana. En unos días llegarían del Registro Civil para hacerles los documentos que perdieron; en unos días empezarían las clases; en unos días tendrían luz; en unos días podrán buscar lo que tal vez quede en donde vivían.

 

Los chicos chapotean en el barro que cubre el suelo de la escuela


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