CRÓNICAS DESPIERTAS


Juanita non fiction

Por Francisco Laiseca

Por Juanito Vilariño

Juanita non fiction

En la madrugada del 21 de marzo de 1903, Isidoro Heredia terminó con la vida de su esposa Juana Figueroa destrozándole el cráneo con un hierro. Lo hizo en el Puente blanco sobre la "Zanja del estado", hoy ubicado en la intersección de las calles Irigoyen y Pedro Pardo. Crea, sin querer, una devoción popular cuya historia es poco conocida por los salteños.

El suceso que los titulares de la época denominaron "Crimen del puente blanco" fue producto de los enquistados celos de Isidoro, un carpintero que vivía con Juana en la calle Buenos Aires, entre San Juan y San Luis. Aparentemente ella mantenía múltiples escarceos con amantes a los que frecuentaba en la zona de la estación de ferrocarriles, cuyos tugurios rebosantes de extranjeros de paso y criollos regocijándose al son de la milonga, eran hace cien años el ámbito idóneo para ciertos lances clandestinos.

Dos chicos descubren el cadáver el día 28 de ese mes mientras se bañan en la zanja, tras seguir la huella fétida del cuerpo de Juana que ha estado bamboleándose en la corriente del canal durante una semana. Son los hijos de Pacífico Burgos, sereno encargado del cercano Cementerio de la Santa Cruz y quien dio aviso a la policía sobre el hallazgo.

Juana, ya casada con Heredia, se escapó en dos oportunidades. Primero para "juntarse" con un tal Ibáñez en Cerrillos, pero fue obligada a retornar a la casa del futuro matador por la policía, previo paso por el Hogar del Buen Pastor. Luego para convivir en Buenos Aires con un hombre del cual no existen mas datos que su nombre: Calixto Casáres. Cabe recordar que en la época la autoridad podía devolver a la mujer rebelde al lecho de su cónyuge por la fuerza, y si ésta se oponía, internarla en el "Buen Pastor" (una suerte de edulcorada cárcel de mujeres) hasta que recapacite y acepte someterse a la voluntad del marido. 
Un cronista de la época, el escritor Juan Carlos Dávalos, presenta a Juana Figueroa como "una mulatilla ingrata y tornadiza" haciéndose eco de lo que murmura la voz popular, que intenta así conservar limpia la fuerte imagen del hombre de la casa. Al mismo tiempo define al verdugo como  un "hombre manso, bueno como las tablas de cedro que pulen su taller", sugiriendo la inocencia de un marido que de esta forma parece haber matado con fundamento.

La noche que nos ocupa, Juana se dirigió presurosa a la zona de la estación para pasar la velada en compañía de su amante y de otras mujeres de “mala vida”, cuando Isidoro, cansado de portar su cornamenta en silencio, se apersonó también en el garito reclamando a “su” mujer. No se sabe con que argumento la sacó de ahí y la convenció de poner rumbo al apoteósico “Puente blanco”, pero lo cierto es que hacia allí fueron y que en el camino el hombre tomó un hierro de la maleza y la ejecutó de un contundente porrazo en la cabeza.

Isidoro Heredia fue condenado el 27 de septiembre de 1904 “como autor de homicidio cometido en la persona de su esposa, a la pena de diez años de presidio, de acuerdo con lo dispuesto en los artículos 17 inciso 2, 4 p.a. y 5º, 48 y 49 del Código Penal” y al salir de la cárcel murió luego de malvivir poco tiempo, anónimo y miserable.

Una vez juzgado el asesino, y en contra de lo que cualquiera hubiera previsto dada la vida airada de Juana Figueroa, en el puente blanco comenzaron a brotar velas encendidas para el descanso de la difunta. Se convirtió con el tiempo en un alma milagrera que cura enfermedades, otorga trabajo y ayuda a los estudiantes en época de exámenes. ¿Por qué concede estos favores específicos? es un misterio para este escribidor. Juana es además, y esto no necesita de mayores explicaciones, la santa protectora a la que se encomiendan las chicas que trabajan la calle de noche.


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